PROVIDENCIA I

La voz normalmente es lo último que se graba en un disco. Supongo que esta práctica proviene desde que se invento la grabación por canales, quien sabe cuándo ¿Porqué no grabar primero la voz y construir el resto sobre de ella? Claro, sería muy loco; no se si haya discos hechos así. La cosa es que la voz es delicada, y en una canción se supone que todo gira en torno a ella, aunque sea lo último que se graba. Pero en la mayoría de las grabaciones en que he participado, por dejarse para el final, normalmente las sesiones de voz acaban siendo maratónicas y acompañadas de prisas. Urgencia por terminar, expectativas. Esta vez es diferente. Las circunstancias se han acomodado de tal manera, fundamentalmente por el tiempo disponible de Lalo Del Águila (un verdadero rock-star), que las voces las hemos hecho de manera intercalada. Y eso es un lujo para mí.

Así que, los días que podemos grabar, subo al cuarto de voces en el segundo piso del Submarino y canto. Desde ahí no puedo ver a mis productores, Alfonso y Del Águila, quienes en el cuarto de control escuchan cuidadosamente lo que voy cantando. Pero por una ventana puedo ver las copas de un par de árboles y el atardecer de la Ciudad de México. Porque las grabaciones empiezan en la tarde, las mañanas no son buenas casi para nada, menos para cantar. Mientras canto no pienso, sólo siento y veo las nubes. Siento el sonido de las palabras; ya no su significado, pues ese lo pensé cuando las escribía, sino los ritmos y melodías que generan. Pero cuando terminamos una toma, o incluso al otro día, tengo el chance (¡el lujo extremo!) de corregir alguna entonación que no nos convence, o alguna palabra que no me gusta como suena.

Son los últimos e inevitables ajustes a las letras. Siempre pasa que una palabra se veía mejor escrita que como suena. Pero finalmente, por más ajustes que se hagan a las rolas, uno termina. Claro, podríamos seguir toda la vida dándole vueltas a una sola canción, pero tampoco somos taaaan obsesivos, ni tenemos paciencia para ello. Y hay una sensación curiosa al momento de terminar: sabes que la canción que llevas trabajando desde quién sabe cuánto tiempo esta a punto de irse. Y siempre se van.

Hace un par de semanas comí con alguien a quién le gusta La Barranca. Me contó una historia increíble de una rola de nosotros que le representó algo muy significativo en cierta etapa de su vida. Luego me dijo: gracias por tu canción. Y yo le dije, esa ya no es mi canción, es tuya!

Así que estas sesiones de voz son casi los últimos momentos de intimidad amniótica con estas rolas, antes de que se vayan. Y se vale disfrutarlos. Después de todo, una de las razones para hacer este disco fue encontrar otras formas de cantar.

Ya con la voz, las canciones están cerca de su forma final. Claro, falta la mezcla, pero esta vez Del Águila también se ha dado el lujo de ir medio mezclando conforme grabamos. Así que tenemos una buena idea de cómo van sonando. Y estamos contentos.

Mientras vamos en esto, nos enteramos del nuevo disco de Radiohead, o concretamente de la forma en que lo están sacando al público: a través de su propia página, como descarga virtual donde cada quien paga lo que quiere o lo que considera justo. Un gran golpe para lo que queda de la industria: adiós tiendas, adiós disqueras, para empezar. Tal vez también adiós a los discos. Por supuesto, no son los primeros en hacer una cosa así. Antes de ellos otros lo intentaron, pero eran por lo general artistas con expectativas de ventas mínimas. Radiohead es la primera banda que de cualquier manera hubiese vendido cientos de miles de discos por los canales de distribución normales. Eso es lo cabrón. ¿Quiere decir esto que los CDs pasaron a la historia? Siempre preferí los viniles, sin duda, pero al menos el CD sigue siendo un formato físico ¡y apenas lleva 25 años de existencia! ¿Que va a pasar con los empaques y el arte de las portadas? En especial con el de ESTE disco, donde Gilberto ya va muy adelantado con la el diseño y la tipografía que se me apareció en San Petersburgo.

Bueno, para empezar tendría que contar porqué andaba viendo tipografías en San Petersburgo. En marzo y abril de este año trabajaba haciendo la mayoría de las canciones que conforman este disco. Se podría decir que lo hacía con fervor, aunque más bien la sensación era la de estar haciendo algo “desesperadamente necesario” para mi. Me había reencontrado con el placer de terminar las canciones, trabajándolas en cualquier lugar. Siempre he envidiado a pintores, escritores y a quienes normalmente escuchan música mientras trabajan, cosa que obviamente no puedes hacer mientras haces música. Pero por esas fechas recuperé una posibilidad muy chingona que tiene ésta, por encima de la pintura por ejemplo: puedes hacerla mientras caminas, mientras vas en el coche o en un avión. O en una bicicleta. Desde este punto de vista, tu oficina está en todas partes.

Y así, voy muy contento a mi trabajo. Tengo que hallar los hilos del tiempo nuevo, de lo que sigue, en medio del caos de la dificultad inicial.
Palabra-paisaje
Transmutar esta sensación de estar vivo en sonidos y palabras. Hacer una canción que abarque todo y que sea mejor a las que ya he hecho. O que abarque sólo un segundo pero desde un ángulo nuevo para mi. Conectarme con esa parte del cerebro (o del corazón o del hígado) que transforma las palabras en melodía y viceversa. O mejor dicho, que toma una idea y la transforma en palabra cantada.
Esa es la tarea.
Como pescar o como forjar un metal: como dar martillazos en el aire. Un aire al rojo vivo que sin embargo se dobla, se moldea poco a poco en busca de la claridad. O una imagen dentro de eso que nos haga pegar un salto. Que nos levante por los brazos como un padre a su hija de dos años y nos ponga de cabeza. O encontrar una palabra deliciosa, una que se pueda morder, como fruto redondo, solar, goteante. La belleza debe de ser comestible.
Palabras-mecanismos-andamios.

Y así la familia de gatos que demandan mi atención va creciendo. De pronto hay más de 20 ideas por ahí, y no hay sensación mejor que esa. Conforme iba terminando estas canciones, o al menos llegando a una cierta comprensión, naturalmente surgía el deseo de convertirlas en un disco. Y ese deseo no tarda en transformarse en urgencia. Estas músicas apuntan en una dirección que me parece impostergable. Pensé, ¿en una situación ideal, cómo me gustaría grabarlas? Consideré algunos nombres y combinaciones. Y mi primera opción, claro, fueron Fong y André.

Les planteé la idea a ambos y estuvieron de acuerdo. De hecho, Fong puso una condición: está bien dijo, pero grabemos también Nueva Vida, la canción que apenas hacía un mes me había enviado. Eso me pareció un plus, pues esa rola me gustó desde el primer momento. Hablamos también con Lalo Del Águila pues él no sólo sería parte de una situación ideal, sino elemento fundamental para poder hacer cualquier cosa en el sentido que imaginaba. Lalo dijo que podíamos contar con él, y se que cumple su palabra. Pensé que quizá habría también otros invitados más adelante, pero con estos tres ya existía un equipo absolutamente sólido para empezar. Un equipo capaz de enfrentar cualquier empresa, y con el cual en verdad ya no hacía falta nadie más. De hecho, los nombres de los otros invitados se me empezaron a desdibujar, sin nunca haberse concretado del todo.

Había una oportunidad de juntarnos a fines de mayo, dado que Fong vendría por esas fechas a México. Así que preparamos todo para tener una sesión en el Submarino: rentamos algún equipo, pusimos cuerdas nuevas y parches a los instrumentos, escogimos un puñado inicial de canciones.
Cuando Fong llegó a México lo primero que hicimos fue hacer un pacto. Normalmente en cualquier grabación hay discusiones, roces, diferencias de opinión. La experiencia nos ha demostrado que las más de las veces eso sólo es una pérdida de tiempo y energía. Esas discusiones suelen ser sobre detalles nimios: una nota, un golpe de platillo, la duración de un acorde. Detalles que pierden relevancia con la perspectiva que da el tiempo. Así que acordamos que esta vez la única condición para estas sesiones sería no hacerla de tos. No enredarse. No hacerla de pedo y permitir que la música se diera.

Una vez establecido esto, prendo un pequeño pebetero en el estudio y mientras se levantan sus llamas empezamos a tocar. Habría mil cosas, verbalizaciones y teorías que se podrían elaborar en torno a lo que está por suceder. Pero es mejor que la música hable por sí sola.