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El asunto de las postales

Hace ya varios años que habilitamos este sistema con la idea de comentar, para quien le interese, cosas en torno a La Barranca, o más concretamente, en torno a los procesos de La Barranca; de una manera informal, unilateral y esporádica. Con el paso del tiempo, las Postales se han convertido en una función concreta dentro de la página de La Barranca que, además, ha generado su propio “publico?.

No he querido que esto se convierta en una responsabilidad rigurosa y periódica. En gran parte porque rehuyo las responsabilidades en general, pero también porque me parece que parte del chiste es justamente mantener ese carácter eventual de las postales: durante un viaje uno escribe una postal cuando tiene ganas de comentar algo o cuando hay algo que decir. Hacerlo de manera cotidiana y sistemática constituye más bien un diario.

En lo personal, me resulta más atractivo escribir en torno a los procesos que tienen que ver con un disco que respecto a otras cosas. No que los conciertos no tengan nada de comentar pero, en primer lugar, el ritmo de los mismos, los traslados, viajes, montajes, etc, dan menos chance de sentarse a escribir y, por otro lado, al menos para mi, las horas vividas durante un concierto son más similares a las del sueño que a las de la vigilia: suceden un montón de cosas, imágenes y emociones, pero son difíciles de asir.

Cuando iniciamos el rediseño de la página para que incorporara lo relativo a El Fluir, suspendimos las actualizaciones a la página anterior, incluyendo las Postales. Esto fue porque, como habrán notado quienes lean esto, no sólo cambiamos la imagen de la página sino también la programación y las herramientas. Concretamente para las Postales estamos usando ahora otro mecanismo.
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El fluir II

Los últimos días el clima ha cambiado radicalmente en Monterrey. La temperatura bajó mucho y se hace necesario usar gorros y chamarras. Hay una llovizna insistente y fría y bajó también una bruma grisácea y espesa que oculta todo, incluso los cerros que antes parecían tan al alcance de la mano. El paisaje que rodea a El Cielo ha perdido toda identidad. Sus amplios ventanales sólo dejan ver una realidad grumosa, difusa. Como no se ve nada hacia afuera, bien podríamos estar en cualquier otro lado: Huitzilac, Los �?ngeles, Palenque; o en ninguno: El Cielo podría ser también una nave que avanza entre la niebla.

Adentro, en la burbuja amniótica, nosotros seguimos trabajando, con mínimo contacto con el exterior. Una vez superados los problemas iniciales con el monitoreo hemos continuado sin pausas, con un ritmo constante en sesiones de 12 horas. Lalo del Aguila va en la consola de mando, moviendo cientos de botones y perillas que garantizan que la nave no se estrelle contra un arrecife inesperado.

Los Arreola tenían muy claras sus partes pues esto fue lo que en realidad veníamos a hacer a El Cielo, y lo que estuvimos ensayando aplicadamente antes de llegar. Ellos estaban listos para grabar todo en una hora. Pero el chiste era buscar un sonido para cada pieza y eso es lo que en realidad nos ha tomado tiempo, más que grabar sus partes. Para eso eran tantas tarolas, tantos tambores, tantos bajos.
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El fluir I

Llegué a Monterrey el domingo al mediodía. Los demás ya estaban ahí y Alonso, un amigo de Durango que vive acá, nos llevó a comer a un restaurante de carnes. Demasiada carne, carne para tres días.

Al terminar fuimos al Cielo y Melche venía llegando del D.F. con la camioneta. Una camioneta donde viajaron diez guitarras, cuatro bajos y como treinta tambores.

El estudio está muy bien. Demasiado bien acaso. Lo que nos interesaba de aquí era el cuarto principal, un cuarto amplio y alto con pisos y muros de madera y una gran acústica, en donde podemos caber los cuatro cómodamente. También nos interesaba la consola, por supuesto, una SSL impecable.

Como digo, el estudio está demasiado bien, demasiado bonito. Todo resulta elegante y en una onda medio fen-shui, como tienda de diseño de Polanco. Todos pensamos que habría que hacerle algo. Mientras descargaban las cosas, lo que hicimos primero fue prender algunas velas y un poco de copal, con la intención de irnos apropiando del espacio. También nos echamos un brindis, como no.
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...hola?

En algún momento, después de Denzura, Alex Otaloa me había preguntado, casi casualmente, que cómo había hecho esas canciones. No se refería a ninguna técnica, estado de ánimo, mística ni nada por el estilo, sino concretamente a la postura física que tenía en el momento de hacerlas. Le dije que por lo general las había hecho sentado, con una guitarra acústica en las manos, lo cual era cierto. Aunque no le dije que muchas partes, como siempre, las había hecho en el coche mientras manejaba, y otras, como Fin del Mundo, mientras esperaba mi turno en una fila frente a una ventanilla del IFE. De cualquier manera Alex me dijo que porqué no intentaba hacer otras canciones en una posición diferente. Tal vez quería decir de pie, o corriendo.

Me acordé de eso porque ahora estaba yo acostado sobre el pasto, con la guitarra encima de mí y la cara hacia el cielo. Era de noche y yo tenía los ojos entrecerrados. Si alguien me hubiera visto (aunque nadie podía verme) habría pensado que me había caído ebrio, o que estaba intentando dormir en una posición absurda. Me reí al pensar lo que diría Alex de mi interpretación de su sugerencia.

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